A veces se trata de mirar adentro para encontrar las respuestas que estabas buscando 💗
«No entiendo porqué tengo ansiedad si todo está bien»
«No me pasa nada»
«No tiene sentido»
Eso es lo que muchas personas dicen cuando llegan a consulta.
Personas que tienen trabajo, relaciones, estabilidad… vidas donde no hay problemas especialmente grandes ni crisis concretas.
Personas que, a priori, están bien. Pero, aún así, tienen cuerpos hiperactivados.
Palpitaciones, nudo en el estómago, presión en el pecho, mareos o vértigos, tensión constante, dificultad para respirar, sensación de alerta, pensamientos que no se apagan…
Cuerpos que expresan algo que la mente parece no entender.
Cosa muy frustrante… porque vivir con síntomas que no logras comprender es desesperante.
No solo por lo que se siente en el cuerpo, sino por la confusión mental que genera.
Porque buscas una causa lógica y no la encuentras.
Porque miras tu vida y no ves “motivos suficientes”.
Porque empiezas a dudar de ti… y ahí es cuando aparece la gran pregunta:
Si todo está bien, ¿por qué tengo ansiedad?
Que «todo esté bien» no significa que tu sistema perciba seguridad
Puede que en tu vida no haya grandes dramas ni graves problemas que requieran una excesiva demanda por tu parte. Puede que, en principio, todas las áreas de tu vida estén funcionando medianamente equilibradas.
Puede que no haya amenazas claras, no haya urgencias, no haya conflictos evidentes.
Pero tu cuerpo no evalúa la vida como una lista de logros o circunstancias externas.
Tu cuerpo funciona por sensación de seguridad.
Y seguridad no es lo mismo que estabilidad externa.
Puedes tener una vida aparentemente tranquila y, aun así, un sistema nervioso que funcione bajo un patrón de alerta. Una tendencia a la hipervigilancia, activación y defensa.
Un patrón antiguo.
Uno que lleva contigo, seguramente, más años de los que logres recordar.
Lo que ocurre es que, en pleno siglo XXI, donde todo va rápido, todo es urgente, todo ese sobreestimulante, vivimos más desconectados que nunca.
No porque no queramos sentir, sino porque esta vida no invita a aprendar a hacerlo.
No nos enseñan a escuchar el cuerpo.
No nos enseñan a traducir lo que expresa.
Por eso, cuando el cuerpo nos habla en su idioma (el de las sensaciones), solemos asustarnos, negarlo o huir de él.
Y entonces aparecen tres tendencias muy habituales:
- Intentar silenciarlo: «si me distraigo, si no pienso en ello, si sigo funcionando como si nada, quizá se vaya«.
- Intentar controlarlo: «si evito que aparezca, podré manejarlo».
- Buscarle una explicación lógica: «si consigo entenderlo racionalmente, al menos el miedo desaparecerá«.
El problema es que el cuerpo no se expresa en términos lógicos ni a través de argumentos.
Se expresa con sensaciones. Y, muchas de ellas son intensas y bastante incómodas.
Sensaciones que, cuando no entendemos, se acompañan de miedo, enfado y frustración.
Pero… ¿por qué tenemos sensaciones? ¿cuál es su origen?
La ansiedad no aparece porque sí
Desde el punto de vista del sistema nervioso, la ansiedad no es un error ni un signo de vulnerabilidad.
Es una respuesta de anticipación orientada a la supervivencia.
Tu cerebro está diseñado para protegerte a toda costa. Por ello, una de sus grandes labores es detectar peligros en el ambiente (interno y externo) para reaccionar rápido ante ellos y, por ende, salvaguardarte.
Cada vez que tu cerebro interpreta que algo no es seguro, activa una serie de respuestas automáticas que preparan a tu cuerpo para la lucha y la huida.
- Acelera el corazón y la respiración: por eso notas taquicardias o dificultad para respirar profundo.
- Tensa los músculos: por eso tienes rigidez en zonas como el cuello, la zona suboccipital o la espalda.
- Redistribuye la sangre hacia zonas clave, especialmente los músculos: por eso notas hormigueos o sensaciones de frío en manos y pies.
- Agudiza la atención y los sentidos: por eso ves raro o se te seca la boca.
- Prioriza los líquidos corporales para la refrigeración muscular: por eso sudas, sientes calor o tienes escalofríos.
- Ralentiza sistemas que no son prioritarios ante una amenaza, como el inmunológico o el digestivo: por eso sientes naúseas, dolor de estómago o diarreas.
Todo esto, que tan incómodo es… tiene un único objetivo: protegerte.
Cada cambio que se produce en tu cuerpo no busca hacerte daño.
Busca mantenerte a salvo, con vida.
Busca predisponer a tu cuerpo a las mejores condiciones de defensa. Porque, donde uno ve dolor de estómago, palpitaciones, sudores, boca seca y visión rara… el sistema ve unos músculos tensos, fuertes, bien refrigerados e irrigados de sangre para poder actuar.
Como decía un paciente mío, «ojalá la ansiedad fuera que te pica una mano, porque no tendríamos miedo».
Cosa que siempre me hizo especial gracia, porque razón no le faltaba. Pero, cuánto más nos centramos en el significado del síntoma, menos entenderemos su raíz.
Claro que las sensaciones son desagradables, pero todo forma parte de una organización fisiológica espectacular que nuestro cerebro hace para protegernos.
Por eso, el problema no es que el cerebro quiera protegernos (de hecho, ¡bendito cerebro!).
Tampoco lo es que reorganice el cuerpo para responder a las amenazas (gracias a eso sobrevivimos como especie).
El problema está en dos puntos concretos:
- Cuando el sistema detecta peligro donde no lo hay.
- Cuando la respuesta de alerta permanece activada incluso después de que la amenaza desaparezca.
El sistema nervioso no se pregunta si algo «tiene sentido». Él simplemente repite patrones que aprendió en el pasado porque, en su momento, le funcionaron.
Si en algún momento de tu vida aprendió que había que estar alerta, preparada, pendiente o en control para mantenerte a salvo de «lo que pueda ocurrir», a día de hoy seguirá aplicando ese patrón… incluso cuando ahora ya haga falta.
Tu sistema repite patrones una y otra vez.
No porque esté equivocado, sino porque aún no ha aprendido otra forma de protegerte.
Ahí es cuando la ansiedad deja de ser una respuesta puntual y se convierte en un estado habitual.
Cuando el cuerpo deja de ser un lugar neutro y se transforma en un espacio de tensión, síntomas e inseguridad.
Si tu cuerpo habla, es momento de escucharlo
Que no encuentres una causa racional o un motivo vital presente, no significa que no haya una razón corporal o emocional detrás.
A veces nos empañamos en entender desde la cabeza algo que se desarrollo desde el cuerpo.
La ansiedad no siempre tiene una explicación inmediata, pero siempre tiene un contexto.
Y empezar a mirarla desde ahí, sin juicio, sin lucha, es muchas veces el primer paso para que algo empiece a cambiar.
No toda ansiedad es «acción-reacción».
No siempre hay una causa clara, concreta y cercana en el tiempo.
No todo sigue el esquema previsible de → me dan miedo los perros → veo un perro → siento ansiedad
A veces la ansiedad es el resultado de un cúmulo de circunstancias y patrones dañinos mantenidos durante años.
Por ejemplo:
- Esperar cosas de los demás que nunca llegan.
- Tener tendencia a cuidar de todos menos de ti.
- Vivir permanentemente acelerado, corriendo, como si todo fuera urgente.
- No permitirte espacios de descanso real, ni físicos ni emocionales.
- Descuidar la alimentación, el sueño y el movimiento.
- Vivir en constante exigencia, perfeccionismo y autoevaluación continua.
- Sentir que no puedes parar, fallar o pedir ayuda.
- Sustituir reparación por desconexión.
- Consumir pantallas de forma excesiva.
A veces la ansiedad es el cuerpo diciendo «así no puedo más».
Por eso, escuchar al cuerpo siempre será el primer paso para generar cambios conscientes.
Para detectar la raíz de aquello que hoy duele.
Cuando sientas ansiedad y «ahí fuera» todo vaya bien… es momento de mirar adentro.
Algunas preguntas que pueden ayudarte a explorar tu ansiedad
Estas preguntas que ahora te propongo no van dirigidas a que encuentres respuestas rápidas o correctas.
Simplemente te animo a que profundices desde la verdad.
La clave siempre está en escucharte:
-
¿Desde cuándo siento este nivel de alerta en mi cuerpo?
-
¿En qué momentos noto que mi cuerpo se activa más?
-
¿Qué partes de mí están siempre en tensión o en control?
-
¿Qué necesidades suelo dejar para después (o no atender nunca)?
-
¿Qué ritmo llevo en mi día a día? ¿Es sostenible para mi cuerpo?
-
¿Qué emociones me permito sentir… y cuáles no?
-
¿Cuándo fue la última vez que me sentí verdaderamente a salvo y en calma?
-
¿Qué ha aprendido mi cuerpo sobre cómo “tiene que” funcionar para estar a salvo?
No se trata de responder todo ahora, sino de empezar a dar espacio a algo diferente.
Recuerda que, cuando el cuerpo habla no lo hace para molestarte, sino para protegerte.
6 respuestas
Muy interesante
Gracias!!!
Gracias por toda la información. Me la guardo para recordar de vez en cuando
Gracias a ti! Me alegra que te sirva 💗
Me encanta!! Como todo lo que haces que para mí es oro molido!
💗💗 Mil gracias!!!